lunes, 26 de enero de 2009

Sobre la violencia femenina

Extraigo algunas de las perlas que se contienen en el interesantísimo artículo de Genciencia.com sobre la violencia femenina (nada nuevo, por otra parte, pero sorprende que alguien se atreva a tratar este tema y no le cierren la web a los 15 minutos...)
Es más que interesante la reflexión que hace Sergio Parra sobre el tema.

A pesar de las apariencias, a pesar de que existe la tipificación penal de la violencia de género del hombre hacia la mujer pero raramente ocurre a la inversa, las mujeres y los hombres poseen una cuota de agresividad y crueldad muy similares. Antes de que las asociaciones feministas se me tiren encima (de forma no violenta, claro), vamos a intentar matizar esta afirmación.
La cuestión fundamental es que la violencia femenina primigenia no se esfuma. Toda mujer esconde un Charles Bronson en su fuero interno, machote y bigotudo, pero aprende a reconducir esta violencia explosiva a otras formas de expresión más sibilinas. Empieza a recurrir a las palabras, que pueden ser más afiladas que una espada, y las mujeres se convierten entonces en expertas manipuladoras psicoemocionales.
Los hombres también son duchos en el empleo de estas armas que apenas hacen ruido, pero no siempre son capaces de expresarse de esta manera, y culturalmente no se cuestiona en tanta medida que un hombre necesite dar un puñetazo sobre la mesa.
Entre las niñas la ira se manifiesta de otras formas específicas. Una niña enfadada frecuentemente responde marchándose, dándose la vuelta, mostrando desprecio hacia quien la ofende, aparentando que no existe. Se retira, ostentosa y agresivamente. Entonces su silencio airado casi se puede oír. Entre los niños y niñas de once años, las niñas expresan su ira tres veces más frecuentemente que los niños con un desprecio jactancioso. Además, a esta edad, las niñas utilizan más que los niños un tipo de agresión denominado agresión indirecta.
La agresión indirecta consiste en calumniar, en chismorrear, en difundir rumores malignos, en establecer estrategias y alianzas contra terceros que dejarían a Terminator patidifuso. En definitiva, la violencia masculina deja señales claras y evidentes en forma de hematomas; la femenina provoca hematomas psicológicos más profundos que son difíciles de detectar y de medir, y por tanto castigar. Existen muchas formas de agresión más dolorosas y eficaces que un puñetazo, y lo más probable es que te ahorres una temporada entre rejas si las empleas.
Paradójicamente, cuanto más derechos adquieran las mujeres y mayor igualdad entre sexos exista, mayores ejemplos de agresión directa femenina se originarán. De modo que la conclusión que podemos extraer de estos estudios es que las mujeres se ven obligadas a ser más maquiavélicas que los hombres. Por el contrario, ignoro si la persecución sistemática por vía judicial y social de los agresores masculinos es el método más eficaz para eliminar esta lacra; parece que el ideal se acerca más a conseguir que la violencia masculina directa sufra una censura y una represión social y cultural semejante a la femenina. La violencia, entonces, no desaparecería, pero adoptaría otras formas para colarse por las fisuras del escrutinio social y legal.
El problema, pues, no parece tener una fácil solución. Si hay menos violencia física, entonces la violencia se vuelve indirecta, y viceversa. La violencia permanece. Entonces, ¿debemos encontrar la manera de castigar la hipócrita afabilidad tanto en hombres y mujeres de la misma forma que se castiga el puñetazo? ¿Hay que promover más largometrajes protagonizados por mujeres de armas tomar?
Los conflictos entre personas parecen inherentes en la sociedad. Cada uno, entonces, usará las armas que mejor maneja para salir victorioso. Ha ocurrido siempre y seguirá ocurriendo (ahora mucho menos que antes, a pesar de las alarmistas noticias con las que desayunamos cada mañana). Pero al menos sería bueno borrar algunos tópicos sexistas por el camino. Es la única pretensión de este humilde artículo. Mujeres y hombres son igualmente violentos, feroces y crueles. Tengamos eso en cuenta la próxima vez que revisemos las últimas cifras de agresiones asociadas a la violencia de género.

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